Relato Lorquiano

Secreto de Alcoba

Francy De los Ríos5 min de lectura

Si me vieras, luna.

¡Si en verdad hablaras! Podrías descifrar el dolor, de esta mal amada.

Si tú, luna, hablaras; si tú te expresaras llevarías en el tiempo el agravio de la alcoba donde el sentimiento duerme y lo guardo en mi almohada.

Leonardo, ¡Leonardo de mi condena! Leonardo el que causa mi pena. Para él mi madre me atavió de novia con aquella cola de seda. Debajo de la falda la enagua; sobre mi regazo, el velo que cubrió mi rostro con toda mi inocencia. Y la vida que se entrega, bajo luna llena testigo de mi tragedia.

A él, mi padre me entregó como una encomienda, en esta tierra árida llena de miseria. Donde el jinete cabalga en busca de otras doncellas. Cuando la noche llega la tristeza se apodera de ella, y se viste de obligación sin reproches. Sin pasión. Se enseñorea en su tiranía dejando marcas profundas en esta tierra seca, donde el trigo no nace por esta época. Hasta el cielo es árido, gris sin color sin estrella.

Árido se volvió mi mundo como mi España llena de hambre y miseria. Donde ya no crece trigo, solo cizaña se siembra o ella nace a solas en el corazón de esta querella.

Hoy cuando el pámpano brota para continuar la estirpe de la masacre del odio, y carga a duelo la tierra. Mi corazón lamenta la tristeza que en él reza. La cogida y la muerte. ¡La muerte, cómo se desea!

Mozuela, yo era mozuela. Libre, soñadora; limpia, pura, sin reproche. El viento se ha llevado todo, todo lo que en mí queda. Tiempo que se va y no vuelve, tiempo ¿que deja la estela? Mi entrega es la despedida del sueño de la doncella. La riqueza y fecundidad del alma, por la pobreza y esterilidad de una tierra. ¡Como el destino de todo un país! En mi lecho se encuentra la desgracia. La desgracia que sola un día llega.

¡Si la luna hablara! ¡Si ella se expresara! Podría llevar cuenta de todas mis lágrimas.

En el lecho lóbrego de la alcoba, como toro que muge en su bravura, así quedó mi pureza. Por mucho tiempo mi alma estuvo en resistencia, muerta. Al altar fui sin amor y sin amor me condené a vivir.

Por compromiso me casé. Me obligó mi padre y cumplí con la propina de la hija que se entrega, como un botín sin fortuna, como un alma en pena.

La luna me mira. Yo la miré, sin canto, la noche que comprendí mi tragedia. En el cortijo del fraile, desde entonces solo se escucha el llanto de una maldición que cala por décadas por ser lugar santo donde ya nadie reza. Como tristeza del alma, como dolor que no cesa. Desde hace tres años mis ojos lloran desconsolados mi pena.

¡Oh! ¡Cielo! Dile a la luna que venga, para contarle el pesar que guardo en mi alcoba, en el recuerdo que quema.

Mi corazón se oprimió aquella noche sin estrella. Cuando cabalgo el jinete sobre la doncella.

Él no me ama a mí, tampoco la ama a ella. Me ha hecho sufrir de más, en lluvias grises reposa mi silencio cuando él llega.

Tengo pena en el alma: él se ha enterado que ella se entrega al amor de su rival, al que su familia ya le ha causado dos penas. Como los espinos crecen, así creció mi querella.

Hoy aparecí en el casorio, ya no aguanto sola tanta pena. Le dicho al novio mi afrenta: él se indignó, al oírla, busca a la novia y no la encuentra.

Ya el punto, es sin retorno, antes de que llegue el alba seremos dos viudas. Una amó a un hombre. La primera solo fue una herramienta. Leonardo nunca amó, solo amaba su afrenta. No se la lleva por amor, se la lleva por contienda, si no es de un Félix, mejor de nadie… y nadie quedó en la tierra.

Luna que me dejaste sola, luna que no escuchas mi pena. Luna para qué hoy hablas si no atendiste mi queja.

Hoy se cubrió de sangre el traje de una novia deshonesta, que no aceptó su destino y, el mío vistió de amargura y pena.

La deuda queda saldada: ¡Leonardo no me amó a mí! ¡Tampoco la amó a ella!

Lágrimas de la pasión. Lágrimas de la doncella. Lágrimas en una alcoba. Lágrimas de una novia en una noche de luna llena.

La luna no quiso hablar. La luna no habló con ella.

Las bodas fueron de sangre, de sangre se tiñó la tierra.

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