Medio siglo entre libros y el destino
«Cincuenta años no son solo una cifra: son una biblioteca invisible. Son capítulos vividos, páginas arrancadas, prólogos que nadie leyó y epílogos que todavía se están escribiendo.»
No sé si fue el destino o una errata del tiempo —de esas que parecen equivocaciones, pero terminan siendo revelaciones—, pero este año y este mismo mes la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y yo cumplimos 50 años. Se puede decir que nacimos juntas.
Ella, en Argentina. Yo, en Venezuela. Separadas por miles de kilómetros, unidas por algo que entonces no podía nombrar: la intuición de que la vida, como los libros, también se escribe en paralelo.
La historia dirá que aquella feria tuvo su primera edición en 1975, en Buenos Aires, convocando a miles de lectores y marcando el inicio de uno de los encuentros literarios más importantes del mundo hispanohablante. Pero mi historia —más íntima, menos documentada— comenzó, en otro mapa, en otro cuerpo, en otra lengua emocional.
Mientras la feria crecía, yo también. Ella se llenaba de autores, de ideas, de discusiones, de palabras impresas. Yo me llenaba de preguntas, de silencios, de memorias, de palabras aún no escritas.
Ambas aprendimos a habitar el tiempo.
Hoy, medio siglo después, coincidimos otra vez. Cincuenta años no son solo una cifra: son una biblioteca invisible. Son capítulos vividos, páginas arrancadas, prólogos que nadie leyó y epílogos que todavía se están escribiendo.
La feria, con sus pabellones repletos y más de un millón de visitantes cada año, sigue siendo una celebración de la palabra compartida, un territorio donde la literatura se vuelve encuentro. Yo, en cambio, soy una feria más íntima: una mujer hecha de historias, de migraciones, de pérdidas y reconstrucciones.
Ella abre sus puertas cada abril. Yo también.
Hay algo profundamente simbólico en este cruce: mientras la feria convoca lectores, yo me convierto en uno de ellos, pero de mi propia vida. Mientras ella exhibe libros, yo repaso mis capítulos. La feria abre sus puertas cada abril. Yo también escribo nuevas páginas cada abril para abrir nuevas etapas.
Y en ese gesto compartido —abrirse— hay algo más que coincidencia: hay complicidad.
En ese espejo extraño —una feria y una mujer cumpliendo cincuenta años— aparece una certeza: no nacimos por casualidad en el mismo tiempo, sino en la misma pregunta: ¿Qué hacemos con lo vivido?
Quizás la respuesta sea la misma para ambas: seguir contando, seguir abriendo puertas; seguir creyendo que, incluso después de medio siglo, siempre queda una página en blanco.
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Este texto es un extracto editorial seleccionado para la bitácora oficial de la autora. Puedes consultar el ensayo íntegro, el registro fotográfico y los pasajes conmemorativos directamente en Revista Digital Trobairitz N.º 37.
Texto de Francy De los Ríos publicado originalmente en Revista Digital Trobairitz N.º 37 , 2026.

