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Revista Digital Trobairitz N.º 38

Ifigenia en San Telmo

Por Francy De los Ríosviernes, 1 de mayo de 2026
«En lugar de priorizar lo indispensable para algunos, eligió cargar con aquello que no se abandona fácilmente: la lectura como forma de permanencia. Ese gesto —trasladar una biblioteca en medio del desarraigo— termina siendo el núcleo del café.»
— Francy De los Ríos

En Ifigenia Café no es raro ver a alguien leyendo durante horas. No como gesto estético ni como pose, sino como una práctica sostenida, casi obstinada. En una ciudad acelerada, el lugar propone otra lógica: la de quedarse.

Conviene aclararlo desde el inicio: quien escribe este artículo no ha tenido aún el gusto de sentarse en una de sus mesas ni de probar su café. Esta aproximación nace de otra forma de cercanía —la investigación, los testimonios, la observación a distancia—, que no reemplaza la experiencia, pero sí permite reconstruir la identidad de un espacio que ya circula con fuerza en el imaginario cultural porteño.

Y, sin embargo, hay un vínculo: un hilo invisible que une a la dueña del café y a quien escribe estas líneas sin haberse cruzado nunca: el amor por la lectura, la experiencia del exilio y una misma raíz, la venezolanidad. No es un dato menor ni un recurso retórico; es, en cierto modo, la clave de lectura de todo lo demás.

Ubicado en el corazón de San Telmo y atendido por su dueña, Isa Nouel, el café se distingue por una propuesta que va más allá del consumo rápido. Hay café de especialidad, sí, pero también una biblioteca nutrida —con fuerte presencia de autoras— que convierte al espacio en algo más cercano a un refugio cultural que a una cafetería tradicional.

Detrás del proyecto hay una historia que explica, en parte, su identidad. Su fundadora llegó a la Argentina con una migración a cuestas y una decisión poco práctica: traer libros. Con ochenta libros llegó al país desde Venezuela; hoy en día posee más de mil. En lugar de priorizar lo indispensable para algunos, eligió cargar con aquello que no se abandona fácilmente: la lectura como forma de permanencia. Optó por recordar, a través de la pastelería y del café, el aroma y las recetas de las abuelas y tías para reinventarse en otro país.

Ese gesto —trasladar una biblioteca en medio del desarraigo— termina siendo el núcleo del café.

El nombre tampoco es casual. Remite a Ifigenia, publicada en 1924, donde María Eugenia Alonso encarna el conflicto entre deseo personal y mandato social. Su autora, Teresa de la Parra, construyó una de las críticas más sutiles y persistentes sobre el lugar de la mujer en la sociedad latinoamericana de comienzos del siglo XX. Traer ese nombre a una cafetería en Buenos Aires no es un gesto decorativo: es una toma de posición. Si en la novela la protagonista escribe para resistir a un entorno que la limita, en este café la lectura aparece como un acto cotidiano de apropiación del tiempo.

En las mesas de Bolívar 1049, la escena se repite: alguien abre un libro, alguien subraya, alguien se queda más tiempo del previsto. No en la promesa de cambiar la historia, sino en algo más tangible: sostener, en medio del ruido, un espacio donde la lectura todavía importa.

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Este texto es un extracto editorial seleccionado para la bitácora oficial de la autora. Puedes consultar el ensayo íntegro, el registro fotográfico y los pasajes conmemorativos directamente en Revista Digital Trobairitz N.º 38.

Texto de Francy De los Ríos publicado originalmente en Revista Digital Trobairitz N.º 38 , 2026.

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