Ficción Gótica & Misterio

Sábana Nupcial

Francy De los Ríos10 min de lectura

Debo confesar aquí una superstición personal. Siempre creí que ciertos objetos son un símbolo de una continuidad. Los espejos no reflejan: prolongan. Los laberintos no confunden: recuerdan.

Hace poco heredé la casa de la calle México. La misma que sobrevivía como sobreviven ciertas palabras en latín: inútilmente. Había permanecido en mi familia casi extinguida por la fiebre amarilla y había estado cerrada en sus ruinas, con las memorias. La heredé este invierno de 1947; me mudé finalizando el invierno con la urgencia de ordenar los papeles de mi tío Domingo Leloir, quien fue el último que la habitó y fue un hombre inclinado a las herejías escandinavas y a las bibliotecas circulares.

En el altillo encontré dos objetos. El primero era una sábana nupcial de lino antiguo. Las iniciales —D. L. y A. A.— estaban bordadas con hilo gris y casi borradas por el tiempo. En el centro advertí una rasgadura cuidadosamente cosida, como si alguien hubiese querido reparar no la tela, sino un episodio.

El segundo objeto era una mordaza de seda negra.

No diré que sentí miedo. El miedo pertenece a la carne; lo que experimenté fue una vaga incomodidad intelectual, semejante a la que producen ciertas paradojas de Zenón o algunos espejos enfrentados. Dentro de una edición latina de Arcana Coelestia hallé una anotación manuscrita de mi tío: «Toda unión deja un residuo material en el universo». No entendí entonces el alcance de esa frase.

Las semanas siguientes transcurrieron entre legajos, humedad y tranvías. Buenos Aires posee todavía esa melancolía amarilla que antecede a la lluvia. Yo suelo trabajar hasta tarde, entrada ya la noche; muchas veces creí oír pasos en noches pasadas, pero atribuyo esos rumores a la expansión de la madera o a mi creciente insomnio.

Una noche —la de anoche— advertí algo singular. La sábana, que había dejado doblada sobre una silla, presentaba un pliegue nuevo: la depresión inequívoca de un cuerpo recién levantado.

No había nadie en la habitación. Sospeché entonces que aquella sábana no era la reliquia de un matrimonio, sino el matrimonio mismo persistiendo en el tiempo bajo otra forma.

Durante lo que quedó de noche soñé. Una mujer avanzaba por corredores infinitos. No veía su rostro, será acaso porque el rostro es lo primero que olvidan los sueños. Alguien la llamaba desde una habitación cerrada. Ella intentaba responder, pero una mordaza negra le cubría la boca. Sin embargo, lo terrible no era el silencio, sino la resignación con que lo aceptaba.

Durante la madrugada desperté despavorido, con una certeza absurda: no había soñado con el pasado; más bien era una repetición.

Decidí extender la sábana sobre mi cama. No sabría justificar esa decisión. Quizá es porque la curiosidad intelectual encierra una forma del destino. Apenas el lino tocó el colchón, la habitación comenzó a deformarse. Las paredes retrocedieron con lentitud geométrica. El techo desapareció. Me hallé en un recinto circular lleno de puertas idénticas.

Frente a mí estaba la mujer del sueño. Sostenía la mordaza negra entre las manos. Comprendí —con la lúcida fatalidad de las pesadillas— que esperaba que yo se la colocara.

Entonces ocurrió algo peor que el horror: el reconocimiento.

Supe que yo no era un intruso en aquella ceremonia interminable y generacional. Mi verdadera identidad pertenecía a ese otro laberinto donde los matrimonios repetían enteramente una boda inconclusa.

Desperté al amanecer sobre el piso del altillo. La sábana y la mordaza habían desaparecido. Yo, estando próximo a contraer nupcias, me he preguntado durante todo el día si esto será una premonición.

Acabo de leer en un volumen de Arcana Coelestia. En una página marcada por alguien —mi tío o acaso otro— había una frase: «Los condenados no padecen por el dolor, sino por la repetición».

En esta hora, en la hemeroteca de esta casa encontré referencias dispersas a un casamiento celebrado en 1912 en este lugar. La boda ocupó columnas sociales; semanas después el matrimonio volvió a ser noticia por la desaparición de Amelia Araina —nombre de la novia—, pero en esta ocasión solo mereció unas líneas ambiguas.

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