LÁGRIMAS DE MARÍALas Cartas del Acantilado · Pág. 1 de 3
Las Cartas del Acantilado
Donde el viento trae la primera confesión
Nadie en la villa de Santa Clara recordaba cuándo fue la última vez que el faro apagó su haz de luz antes de la medianoche. La niebla descendía pesada, con ese aroma mineral a salitre y conchas rotas que anticipaba las tempestades de noviembre.
María sostenía la carta entre sus manos enguantadas. El papel de estraza, amarillento y quebradizo por la humedad, llevaba la caligrafía apretada de un hombre que había pasado veinte años midiendo sus palabras para no confesar una herida.
«Si estás leyendo esto», rezaba el primer párrafo en tinta desvaída, «es porque el mar finalmente ha devuelto lo que prometió custodiar hasta el fin de nuestros días».