Las Lágrimas de Marías
Ajenos al dolor van muchos
La vigilia de María Guayacán
La madrugada no la dejaba dormir.
Los grillos habían comenzado su concierto mucho antes de que aparecieran los primeros tonos de luz. María Guayacán los escuchaba desde la cama mientras intentaba acomodarse entre unas sábanas que ya no eran blancas. Tenían ese olor agrio de la humedad y de los días repetidos. Hacía semanas que no encontraba detergente para lavarlas.
Pensó en levantarse.
No lo hizo.
A su lado dormía José.
Lo miró de reojo, con ese cuidado que tienen las mujeres acostumbradas a vigilar el sueño de los otros. No quería despertarlo. Sabía que aquella noche había llegado rendido.
José llevaba más de quince años trabajando para una empresa que, hasta hacía poco, parecía indestructible. Después vinieron el cierre, la quiebra, los despidos y esa palabra que empezó a repetirse en millones de hogares venezolanos:
desempleo.
Desde entonces, José hacía lo que apareciera.
Cargaba mercancía, descargaba gandolas, ayudaba en depósitos, hacía mandados. Caleteaba, como decían ellos. Todo servía mientras entrara algo de dinero a la casa.
Pero el dinero cada vez alcanzaba menos.
María volvió a mirar el techo.
Pensó en las oportunidades que había dejado pasar.
Una.
Otra.
Otra más.
Tal vez si hubiera estudiado.
Tal vez si hubiera aceptado aquel trabajo.
Tal vez si hubiera tenido más carácter.
Tal vez si hubiera comprendido antes que las oportunidades no siempre regresan.
La madrugada le devolvía cada uno de aquellos tal vez.
María estaba llegando a la madurez. Tenía tres hijos: dos de una relación anterior y el tercero de José. Pero José había hecho algo que para ella no tenía precio: había recibido a los tres como propios.
Los había criado.
Los había defendido.
Los había querido.
Y ahora no podía siquiera garantizarles el desayuno.
María cerró los ojos.
Sintió una punzada en una muela que llevaba meses dañada.
Tampoco había dinero para el dentista.
Sonrió con tristeza.
En otro tiempo habría pensado que aquello era una desgracia pequeña.
Ahora entendía que hasta una muela podía convertirse en un lujo.
Afuera, el viento comenzaba a mover las ramas.
Era un viento extraño.
Seco.
Áspero.
Como si arrastrara consigo algo que todavía no podía verse.
En aquel país no existía el otoño.
No de la manera en que María lo había imaginado alguna vez.
No había árboles cambiando de color ni hojas amarillas anunciando el final de una estación. Venezuela tenía otras formas de anunciar sus pérdidas.
Primero llegaba el silencio.
Después, la escasez.
Luego, el miedo.
Y finalmente aquella sensación de que algo se estaba muriendo, aunque nadie quisiera pronunciar su nombre.
El viento sopló con más fuerza.
María pensó que quizá la patria también podía tener estaciones.
Quizá aquello era su otoño.
Un otoño sin hojas.
Un otoño de estómagos vacíos.
Un otoño donde los sueños comenzaban a caerse de los árboles antes de tiempo.
José llevaba días llegando a casa con menos palabras.
María sabía que algo no estaba bien.
Lo veía en la manera en que se quitaba los zapatos.
En cómo escondía las manos.
En el silencio después de la cena.
Ella preguntaba:
—¿Conseguiste algo?
Y él respondía:
—Sí, mujer. Algo salió.
Siempre era algo.
Nunca suficiente.
Hasta que una noche no hubo nada.
Ni para el pan.
Ni para la harina.
Ni para el café.
José esperó a que todos durmieran.
Entonces salió.
No quería que María lo viera.
No quería que sus hijos lo vieran.
Caminó hasta un lugar donde se acumulaban bolsas de basura y comenzó a buscar comida.
No encontró mucho.
Un pedazo de pan.
Algo que todavía podía aprovecharse.
Una fruta golpeada.
Lo suficiente para engañar al hambre.
Lo hizo más de una vez.
Y María nunca lo supo.
O quizás lo supo mucho después.
Hay cosas que las mujeres saben, aunque nadie se las cuente.
Yo también estaba allí.
Observando.
Escuchando.
Esperando.
Porque las tragedias no siempre llegan haciendo ruido.
A veces entran por la cocina.
Se sientan a la mesa.
Miran a los hijos.
Y esperan.
Yo había visto venir aquello desde hacía tiempo.
Pero nadie quiso escucharme.
Nadie escucha a la patria cuando todavía puede respirar.
Todos quieren escucharla cuando ya está agonizando.
María no podía dejar de pensar en sus hijos.
En el futuro.
En la casa.
En José.
En ella misma.
En aquella muela que le recordaba, a cada latido, que hasta enfermarse se había convertido en una posibilidad peligrosa.
Pensó en la ropa.
En los zapatos.
En el jabón.
En las hojas de cuaderno.
En el azúcar.
En el aceite.
En todo aquello que alguna vez había comprado sin pensar.
Ahora cada cosa tenía un precio distinto.
No solamente en dinero.
También en dignidad.
También en miedo.
También en tiempo.
Había que hacer colas.
Había que esperar.
Había que preguntar.
Había que conseguir.
Había que inventar.
Y cuando nada aparecía, había que resignarse.
Los venezolanos habían comenzado a acostumbrarse a lo imposible.
Ese era quizá el verdadero peligro.
Acostumbrarse.
Freya había comenzado a organizar su malévolo plan mucho antes de que María comprendiera que aquello no era solamente una crisis pasajera.
Freya no tenía prisa.
Las grandes tragedias tampoco.
Primero observaba.
Después esperaba.
Luego avanzaba.
Y cuando todos se daban cuenta, ya era demasiado tarde.
María había visto cambiar el país.
Había visto cómo el discurso político se metía en las casas.
En las escuelas.
En los trabajos.
En las familias.
Había visto a amigos convertirse en enemigos por pensar diferente.
Había visto hermanos dejar de hablarse.
Había visto vecinos acusarse.
Había visto cómo la palabra patria comenzaba a ser utilizada para justificarlo todo.
Y ella se preguntaba:
¿En qué momento Venezuela dejó de ser el país que recordaba?
La historia tampoco se había quedado quieta.
El 27 de febrero de 1989 quedó marcado en la memoria venezolana como el Caracazo, una explosión social que comenzó en Guarenas y se extendió posteriormente hacia Caracas y otras zonas del país.
María era demasiado joven para comprenderlo entonces.
Pero las historias permanecen.
Se transmiten de padres a hijos.
Se cuentan en las cocinas.
En los patios.
En las sobremesas.
La historia nunca desaparece.
Solo cambia de boca.
Después vino el tiempo de las promesas.
El país del oro negro.
El país rico.
El país donde supuestamente nadie tendría que pasar hambre.
María escuchó discursos.
Vio banderas.
Vio multitudes.
Vio cómo unos aplaudían y otros comenzaban a desconfiar.
Vio nacer nuevas esperanzas.
Y también nuevas divisiones.
Ella no era una mujer de grandes análisis políticos.
No tenía suficientes herramientas para comprender todos los mecanismos del poder.
Pero tenía algo que ninguna universidad podía enseñarle:
hambre.
Y el hambre entiende de política mucho antes que los intelectuales.
En febrero de 2014 comenzaron nuevas protestas que se extendieron por distintas ciudades del país. El 12 de febrero quedó especialmente marcado por las movilizaciones estudiantiles y por la violencia que se produjo alrededor de ellas.
María recordaba las imágenes.
Las calles.
Los estudiantes.
Las barricadas.
Los gases.
Los disparos.
Los muertos.
El miedo.
La televisión contando una versión.
Las redes sociales mostrando otra.
Y en medio de todo aquello, las madres.
Siempre las madres.
Las que esperaban.
Las que llamaban por teléfono.
Las que buscaban a sus hijos.
Las que rezaban.
Las que no sabían si abrir la puerta o esconderse detrás de ella.
—¿Por qué no se van? —preguntaba alguien desde lejos.
Como si fuera tan sencillo.
Como si una persona pudiera abandonar un país de la misma manera en que abandona una habitación.
Como si no existieran los padres.
Los hijos.
Las casas.
Los muertos.
Los recuerdos.
Las raíces.
Como si la patria pudiera meterse en una maleta.
María todavía no sabía que un día tendría que hacerse esa pregunta.
¿Me voy?
¿Me quedo?
¿Adónde?
¿Con qué?
¿Con quién?
José regresó una madrugada con las manos sucias.
María lo miró.
—¿Qué te pasó?
—Nada.
—José.
—Nada, María.
Ella no insistió.
A veces el amor también consiste en saber cuándo callar.
José se acostó.
Le dio la espalda.
María permaneció despierta.
Entonces escuchó su respiración.
Una respiración pesada.
Cansada.
Como si incluso dormido siguiera trabajando.
Afuera, el viento continuaba soplando.
Los árboles parecían agitarse contra un enemigo invisible.
Y yo sabía que todavía faltaba mucho.
Muchísimo.
Porque Freya no había terminado.
En las calles comenzaron a aparecer otras formas de sobrevivir.
Personas buscando comida.
Niños pidiendo.
Ancianos haciendo colas.
Madres calculando cuántas cucharadas podían sacar de una bolsa.
Hombres vendiendo lo poco que tenían.
Mujeres intercambiando alimentos.
Familias enteras aprendiendo a cocinar sin aquello que antes parecía indispensable.
El país se estaba convirtiendo en una escuela de supervivencia.
Y los maestros eran el hambre y la necesidad.
María se preguntaba cómo había llegado hasta allí.
Recordaba a los abuelos de José.
Habían llegado a Venezuela en 1952, desde Europa, buscando una nueva vida. Se establecieron en Turén, trabajaron, construyeron, tuvieron hijos.
Echaron raíces.
Venezuela les había dado una oportunidad.
Y ahora los nietos de aquellos inmigrantes luchaban por no perderla.
Era una ironía que María no conseguía entender.
—Este país siempre ha sido así —decían algunos.
—No. Antes no era así —respondían otros.
Y entre un recuerdo y otro, Venezuela se iba partiendo en pedazos.
María caminó hasta la ventana.
Todavía era de madrugada.
Miró hacia afuera.
El cielo comenzaba a aclararse.
Pensó en el Araguaney.
En sus flores amarillas.
En la belleza que todavía podía aparecer incluso en medio de la destrucción.
Quizá por eso los venezolanos seguían esperando.
Porque siempre habían aprendido a esperar la flor.
Incluso después de la tormenta.
Pero la tormenta no parecía tener intención de marcharse.
Freya seguía allí.
Acechando.
Y mientras tanto, el mundo miraba.
Algunos gobiernos hablaban.
Algunos organismos emitían comunicados.
Algunas personas protestaban.
Otros preferían no saber.
La tragedia de un pequeño país del sur de América podía convertirse fácilmente en una noticia más.
Un titular.
Una cifra.
Una fotografía.
Después vendrían otras noticias.
Otros muertos.
Otros países.
Otros problemas.
El mundo tiene una memoria corta cuando el dolor no toca su puerta.
María pensaba en eso mientras veía a sus hijos dormir.
Ellos todavía podían soñar.
Ella ya no estaba segura de poder hacerlo.
Se acercó al menor.
Le acomodó el cabello.
Después fue hasta donde dormían los otros dos.
Los miró.
Tres hijos.
Tres vidas.
Tres razones.
Y sintió miedo.
No por ella.
Por ellos.
Porque una madre puede soportar muchas cosas.
Pero hay dolores que se vuelven insoportables cuando tienen el rostro de un hijo.
La lluvia comenzó a caer.
Primero unas gotas.
Después muchas.
María abrió la ventana.
Dejó que el agua le mojara el rostro.
Por un instante no supo si estaba llorando o si eran las lágrimas del cielo.
Tal vez ambas cosas.
Tal vez el país también lloraba.
Tal vez la lluvia era la única manera que tenía la patria de decir:
Todavía estoy aquí.
Yo quería decirles que no estaban solos.
Pero nadie me escuchaba.
Yo era la patria.
Y las patrias, cuando sufren, también pueden quedarse sin voz.
Los vecinos continuaban con sus vidas.
Uno abría el negocio.
Otro encendía la radio.
Otro hablaba de política.
Otro hacía chistes.
Otro decía que aquello pronto terminaría.
Otro aseguraba que todo estaba bien.
La vida seguía.
Siempre sigue.
Ese es uno de los mayores misterios del dolor.
Mientras alguien llora, alguien compra pan.
Mientras alguien muere, alguien celebra.
Mientras una madre espera noticias de su hijo, alguien se queja porque el café está frío.
No porque las personas sean necesariamente malas.
Sino porque el dolor ajeno casi siempre ocurre fuera de nuestra casa.
Hasta que entra.
María todavía no sabía que el suyo estaba por entrar.
José despertó.
—¿Qué hora es?
—Temprano.
—Tengo que salir.
María lo miró.
—¿A dónde?
—A buscar trabajo.
Ella quiso decirle que no fuera.
Quiso decirle que descansara.
Quiso decirle que ya no podía seguir.
Pero sabía que detenerlo era quitarle la única posibilidad que todavía creía tener.
—Bueno —dijo.
José se levantó.
Se puso los zapatos.
Antes de salir, se acercó a ella.
Le dio un beso en la frente.
—Nos vemos después.
María asintió.
La puerta se cerró.
Y por primera vez aquella mañana sintió que el silencio era demasiado grande para una casa tan pequeña.
El viento volvió a soplar.
Esta vez no parecía un viento cualquiera.
Parecía una advertencia.
Como si alguien, desde muy lejos, estuviera pasando las páginas de un libro.
Una página.
Otra.
Otra.
Hasta llegar a la historia de María.
A veces pienso que las tragedias no empiezan cuando ocurre el primer muerto.
Empiezan mucho antes.
Cuando dejamos de mirar.
Cuando dejamos de preguntar.
Cuando aprendemos a convivir con lo que no debería ser normal.
Cuando el hambre de otro deja de dolernos.
Cuando la desgracia se vuelve paisaje.
Cuando el vecino deja de ser vecino y se convierte simplemente en alguien que vive al lado.
Ajenos al dolor van muchos.
Muchos pasan frente a la herida sin detenerse.
Muchos miran y siguen.
Muchos escuchan y olvidan.
Y mientras tanto, en alguna casa, una María cualquiera intenta dormir.
Un José cualquiera busca trabajo.
Un niño cualquiera pregunta cuándo volverá el pan.
Una madre cualquiera cuenta las monedas.
Una patria cualquiera se desangra.
Aquella madrugada María todavía no sabía que su vida estaba a punto de cambiar.
Tampoco sabía que algún día tendría que mirar hacia atrás para comprender que aquel fue el comienzo.
El comienzo del hambre.
El comienzo del miedo.
El comienzo de la despedida.
O quizá el comienzo de otra cosa.
Porque a veces, cuando todo parece perdido, la historia decide escribir de nuevo.
Y entonces la patria, herida y cansada, vuelve a levantar la cabeza.
Aunque sea apenas un poco.
Aunque nadie la esté mirando.
Aunque todavía no sepa cómo salvarse.
Porque todavía queda algo.
Siempre queda algo.
Una semilla.
Una voz.
Una memoria.
Un hijo.
Una mujer.
Una María.
Y mientras exista alguien capaz de contar lo sucedido, la historia no habrá terminado.
¡Dios mío!