
«La literatura es la única memoria que no se deja corromper»
El autor de «El capitán Alatriste» recibe a la entrevista en su estudio entre diccionarios, espadones y humo de tabaco. Habla del oficio, de la verdad del corresponsal y de por qué cree que la ficción es el último refugio de la honestidad.
«El lenguaje es la única arma que no se obsoleta: el que sabe usarla puede dormir tranquilo, aunque nunca sepa dónde acaba la red.»
El hombre aparece puntual, con el reloj mirando hacia el lado equivocado, por pura provocación. Nos recibe en su despacho de la sierra, entre paredes de libros, sables y una colección de diccionarios que algún día, dice, servirá para que nadie se atreva a vender palabras por lo que no valen. Vestido de negro, de mirada fija y ternura guerrera, Arturo Pérez-Reverte habla despacio, como quien ha medido cada palabra en el campo de batalla primero y después en la página. La conversación es larga, impostergable, y solo se interrumpe cuando nos obliga a volver a servir y llama con apiñado.
El diálogo
Ultimos los veinte años fuera del número, dentro de la batalla. ¿Qué aprende un escritor que ha sido corresponsal de guerra?
A. P. — A escribir sin tinta en papel y sobre todo, a escribir sin nervios. La guerra te enseña que la palabra precisa mata; el adverbio gratuito, no. Si dosificas el adjetivo como si fueran munición, entonces la página empieza a respetar y a leer.
Usted ha dicho que la novela histórica es "una sospechosa respetable". La memoria de los pueblos, ¿es heredera o impostora?
A. P. — La historia oficial que nos cuentan en los libros de texto es en la mayoría de las veces una impostora respetable. La literatura no tiene ese privilegio: el novelista no jura sobre vitrina, jura sobre una página que se puede romper. Por eso creo que la ficción, bien contada, es el único relato que se atreve a mirar la verdad cara a cara y a no agradecer al poder.
Hablemos del héroe. ¿De dónde sale Alatriste, esa mirada cansada de un hombre que sobrevive sin venderse?
A. P. — Alatriste sale de los empares de que a uno le importan un comino los bandos y le importan una barbaridad las personas. Quería un personaje que se moviera fuera del bien y del mal, como los soldados de la España del siglo XVII: mercenarios que pelean aun sabiendo que las causas que defienden no son las suyas. Eso tiene una vejez actual muy grande. Hoy hay tantos soldados de a pie en zapatillas que se venden por cuatro palabras.
Su literatura está llena entretanto de diccionarios, lenguas muertas y palabras que se perdieron. ¿Escribir también es archivista?
A. P. — El diccionario es el único libro que nunca se cierra. Cuando me falta una palabra busco en el Corvat, y si no la encuentro, la invento con pierna y dentro del idioma, como hacían los misioneros con el evangelio. El que edita con la acera de un peatón escribe con la vista vendida: hay que deslumbrar al amigo oscuro.
Hay quien dice que la novela histórica barre el país con su nostalgia. ¿Está de acuerdo con el que se diga?
A. P. — La historia, como la buena mesa, se sirve mejor fría y con dos dedos de ironía. Lo que a veces se vende como «evasión nostálgica» es, en el peor de los casos, una película con la que se engaña al lector; pero cuando el oficio es honesto, viajar a otra época es la manera más subversiva de mirar la nuestra sin maquillar.
Cierro la entrevista con una pregunta obligada: ¿para quién escribe cuando ya no queda periódico que lo confirme?
A. P. — Para el lector que está al otro lado de la oscuridad, para el desconocido que compra el libro con el dinero de siete pesos y lo lee en el patrón. És y también para mí, que me abono a la frase que me sorprende al volver a ella. Escribir es hablar con un muerto que uno regala a un desconocido, y eso no se hace para ganar; se hace para no perder el tiempo.
Entrevista realizada y transcrita por Francy De los Ríos.
