Narrativa Contemporánea

El Don

Francy De los Ríos15 min de lectura

Mateo no descubrió que veía los colores de las palabras hasta que cumplió los doce años. Para él, la palabra «orquídea» siempre había sabido a terciopelo violeta, y el verbo «recordar» desprendía una sombra ocre similar a las hojas secas de otoño pisadas al atardecer.

En el taller de encuadernación de su padre, rodeado de prensas de hierro, colas calientes y bobinas de cáñamo, aprendió a coser pliegos antes de aprender a redactar oraciones complejas. Su padre decía que los libros eran cofres de madera ligera que solo los valientes se atrevían a abrir.

Pero Mateo no leía las historias por su argumento; las leía por la arquitectura secreta de sus ritmos y silencios.

Cierta tarde de julio, mientras restauraba una edición príncipe de poemas del siglo XIX con las guardas desprendidas, una mujer de abrigo carmín cruzó el umbral del taller. Sus ojos no buscaban una compra rápida, sino un diagnóstico.

Puso sobre el mostrador un manuscrito sin portada ni autor, escrito a mano con tinta sepia sobre pliegos de hilo de algodón. No había título, solo una dedicatoria tachada con tres trazos firmes de plumilla.

—Dicen en la ciudad que usted puede escuchar lo que un texto no dice —afirmó ella con voz pausada, casi susurrante.

Mateo rozó con las yemas de los dedos la primera página. Al instante, una vibración tibia ascendió por sus brazos: no era tristeza lo que emanaba del papel, sino una infinita gratitud postergada.

Pasó la hoja. En la página central, los versos no rimaban, pero sostenían un pulso geométrico perfecto, como las ondas concéntricas que produce una gota al caer en un estanque inmóvil.

—Este texto no fue escrito para ser impreso en serie —dijo Mateo levantando la mirada—. Fue escrito para salvar a quien lo redactó de un olvido voluntario.

La mujer sonrió con una mezcla de sorpresa y resignación. Dejó una moneda de plata sobre el tablero y se despidió con una leve inclinación de cabeza antes de desaparecer en el bullicio de la avenida.

Aquella noche, Mateo no cerró el taller. Se sentó frente al gran ventanal con el manuscrito abierto y una taza de té humeante. Por primera vez en su vida, comprendió que su don no consistía en descifrar misterios ajenos, sino en otorgarles el espacio digno para existir.

El arte no es una respuesta al mundo; es la pregunta más hermosa que el ser humano se hace a sí mismo en la penumbra.

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